martes, 26 de junio de 2007

LEYENDAS


Los grandes archivos históricos representan la salvaguarda de la misma historia de los pueblos, esos procesos en la construcción de su pasado presente y futuro.
Pero ¿qué pasa cuando muchos sucesos históricos no están escritos con tinta y papel de la época? Y solo les encontramos en las mentes lucidas de los abuelos; en esas cabecitas canas y marcadas por las arrugas, como si en ellas (en cada una) descubriésemos acontecimientos de la historia familiar y local que pueden entrelazarse con los grandes libros de historia local y nacional.
Estas visitas interactivas representan el esfuerzo encomiable de hacer de la crónica diaria, una memoria que recupera la tradición oral de los abuelos, de nuestras gentes de edad, para participar en las aportaciones de la historia local, pero sobre todo de recuperar eslabones históricos que si no se hace hoy, se disiparan.
Ya que la tradición oral representa uno de los instrumentos más importantes para escribir o recuperar la memoria histórica de los pueblos, que nunca encontramos en los libros; es aquella que encontramos en cada pensamiento, en cada vivencia que el hombre se perpetúa, se acomoda y de generación en generación se cuenta o desaparece.
Como tantas otras cosas que conforman el rico mosaico cultural de los pueblos de Tláhuac, te presentamos esta leyenda esperando que sea de tu agrado.

JORGE FLORES RIOS


“LA LEYENDA DE PETRA CADENA”

Cuentan que hace ya muchos, muchos años, los habitantes de San Pedro se dieron cuenta de un hecho inexplicable en aquel entonces: alguien se estaba robando las verduras de las chinampas; coliflores, lechugas y flores comenzaron a desaparecer de un día para otro. Lo que en principio no les mereció mayor atención, pronto fue motivo de inquietud entre la población, por la frecuencia con que ocurrían tales hechos. Lo mismo en la mañana como en la tarde, los pequeños hurtos se sucedían sin saber quien era el autor, y eso era lo mas intrigante ya que en aquellos años nadie tenia la necesidad de robarse las hortalizas, pues mal que bien todos tenían un pedacito donde sembrar lo que quisieran. Además, pensar que otros pueblos vinieran a robar tan pequeñas cantidades no tenia sentido, sobre todo porque los robos ocurrían a cualquier hora, de la noche o de día.
Así fue, hasta que un día a alguien se le ocurrió la idea de ponerse a espiar en la chinamperia para ver quien era el delincuente y atraparlo; de inmediato, varias personas se pusieron a vigilar los sembradíos.
Durante varios días la gente se preguntaba quién podría ser. En la casa, en la parcela, en el molino, hombres y mujeres hacían conjeturas, sospechaban, decían disparates, pero todo seguía igual. Y cuál sería su sorpresa cuando un día tempranito, como a las siete de la mañana, ven que en una chinampa una viejecita encorvada, de chonguito y vestida toda de negro cortaba manojitos de lechuga, col, zanahoria, de un poco de todo. Con calma, sin prisas, tranquilamente, la viejecita ponía las verduras en su canasta. Sin duda, ya llevaba un buen rato allí, pero extrañamente ninguno de los vigilantes la había visto pasar, nadie sabía de donde había salido, por dónde había llegado.
Entonces, enojado, un campesino se acerca a la mujer y le dice:
-¡Ah! Con que usted es la que se está robando la flor, Usted es la que roba las verduras. Y ella sin inmutarse, con naturalidad, sin dejar de arreglar su canasta, le dice:
-Sí, yo soy la que viene a cortar, pero yo no soy de esta vida, por eso vengo.
Más enojado todo, incrédulo, el hombre replicó: -¿Y quién es Usted?
Entonces, irguiéndose un poco, al mismo tiempo que con su mirada recorría a cada uno de los que la rodeaban, la mujer contestó:
-¿No se acuerdan de Petra Cadena? Yo soy Petra Cadena, la que murió hace muchos años, la que se llevó el remolino.
En aquellos años en las calles del pueblo eran de pura tierra, en tiempos de secas apenas soplaba el viento y se levantaban gigantescos remolinos que zigzagueaban entre el caserío y el llano, causando miedo a la gente. Pero también en época de lluvias otros remolinos que bajaban del cielo negro y tronante, las “culebras de agua”, causaban espanto entre la población.
Hija única, además de bonita Petra Cadena era noble. Blanca, chapeada, de largas trenzas de pelo quebrado, con sus pestañas levantadas y mirada inocente, su belleza era orgullo de casi todo el pueblo.
Aquel día la madre de Petra Cadena se fue temprano a ayudar al quehacer de una boda, porque entonces todo el chile para el mole y el fríjol para los tamales se molían en el metate y los preparativos comenzaban desde días antes.
-Allá te espero. Te bañas y te vas rápido, le dijo su madre antes de salir.
Recién bañadita, con su largo pelo suelto y su fragancia juvenil, Petra iba por esa calle que hoy es Ceniceros cuando vio con espanto que allá a lo lejos se movía el remolino, que se acercaba a donde ella iba.- ¡Madre mía! , pensó de inmediato, así que cruzo la calle para evitarlo, pero también el remolino se cruzo, acercándose más. Desesperada, echo a correr en sentido contrario al del remolino, pero también el remolino cambio de sentido y se acerco más. Entonces, corrió tras de una cerca, se acurruco y espero a que pasara el terrenal. Pero de nada sirvió, porque el remolino llego asta donde estaba ella
Y toda la revolcó. Con su vestido, su pelo suelto, todo sucio y enredado, temblando, llorosa, vio al charro frente a ella
Efectivamente, ante ella estaba un hombre de edad indescifrable, vestido con un traje de charro negro con botonadura de plata. Impecable el porte, elegante el atuendo, sin embargo la mirada era llameante. En la mano izquierda portaba un fuete que con fuerza apretaba entre sus dedos, uno de ellos con un anillo de oro. La imagen del charro era impresionante, pero sin embargo su voz pareció quebrarse cuando atropelladamente pregunto:
-¿Qué paso, Petra? ¿Qué me respondes? ¿Te vas a casar conmigo?
-¡No! ¡No! ¡Ya te dije que no!, contesto entre sollozos la jovencita.
Y dicen que, con voz ronca, entre furiosa y herida, el charro solo dijo:
-Yo te quiero, Petra, te quiero porque eres hija única, por sencilla, por bonita. No me importa que seas pobrecita, quiero que te cases con migo, Petra. Y si no te quieres casar conmigo, por la buena, te llevare en cuerpo y alma…
Tanto se asusto la muchacha que corriendo se fue hasta la casa donde su madre estaba ayudando para la boda. No le dijo nada ni a su mama ni a sus demás familiares, llego y se puso a moler en el metate.
En esas estaban cuando la gente comienza a gritar ¡Miren, miren! ¡Hay viene un remolino! Rápido, las señoras comenzaron a tapar las cazuelas con sus delantales, pero de nada les sirvió.
Era tal la fuerza del remolino que hasta los metates levanto, el aire y el polvo todo lo desordenaron, las cazuelas volaron por allá. Pero todos se quedaron sorprendidos porque cuando el remolino se fue no quedo nada de polvo, el desorden si, pero nada de tierra.
A los ocho días la muchacha cayo en cama, sin causa aparente. Los médicos la revisaron y no le encontraron nada, dijeron. A los ocho días de estar en cama Petra se fue adelgazando, rápido se fue acabando. Y dicen que tirada en su cama gritaba soñando su cabecera: -¡Miren! ¡Miren! ¡Aquí esta el charro! ¡Me esta cuidando! ¡Dice que me quiere, por eso me esta cuidando! Entre la angustia y el espanto, Petra Cadena murió una tarde gris que anunciaba lluvia. Como es la costumbre, antes del entierro, a las tres de la tarde, se preparo la comida, llego la música. Y apenas salio el entierro por esa calle de Ceniceros que se suelta el aguacero, una verdadera tormenta, fuertes tronidos y un viento feo, como remolino, caía sobre el cortejo, era tan fuerte el viento que hasta los árboles y cercas derribo. Así que casi corriendo los dolientes llegaron hasta la iglesia, donde se guarecieron. El aguacero amaino. Entonces aprovecharon que el agua había amainado y por esa calle de Ceniceros se fueron rumbó al panteón. Llegaron al descanso, que no era una capilla como ahora, sino que solo era como una planchita de tierra. Y que dicen, pus vamos a echarle el agua bendita que nos dio el padre. Ya para despedir allí el descanso que abren la caja y van viendo que ya no estaba el cuerpo.
-¿Y donde vive? Pregunto un hombre atemorizado.
Y mientras camina, contesta la viejecita: -Yo vivo donde ustedes no irán nunca. Vivo con el charro, donde yo vivo todo es de plata, mis trastes, mi cama, todas las cosas son de plata. Y mientras hablaba la mujer caminaba sobre la chinampa, sobre el agua, entre la que lentamente se hundía. Espantados, los hombres todavía escucharon: Yo soy Petra Cadena, la que se llevo el remolino, y en la otra vida soy joven y vivo con mi esposo que es el charro….


SILVESTRE LEYTE LÓPEZ

2 comentarios:

Anónimo dijo...

me parecio muy interesante, gracias esto me va a ayudar mucho en mi tarea.

david moreno nieto dijo...

Guau que inpersionanrte historia es muy buena y mas
por q yo vivo ev tlahuac q interesante es conocer las leyendas de aqui en tlahuac